Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







lunes, 21 de marzo de 2016

La máquina de los sueños





      Conozco al amigo Alberto Linde, el viajero onírico, desde hace muchos años, y mientras veía la otra noche la antigua película "La Máquina del Tiempo", de 1960 (basada en la novela homónima de H. G. Wells, de 1895), recordé una curiosa escena en su compañía, de hace sólo unos meses. Sucedió durante una de nuestras tranquilas e íntimas conversaciones nocturnas después de los habituales paseos por el valle. Me habló de un deseo muy querido, de un fuerte anhelo de sus primeros años. Sonreía al recordarlo, pero me confesó que entonces casi llegó a obsesionarle... Se trataba de que cuando empezó a tener sueños importantes, sueños lúcidos y sorprendentemente intensos, le atrajo tanto ese mundo interior y mágico que se le ocurrió la peregrina idea de que le encantaría tener una "máquina de los sueños"... Es decir, no una máquina generadora de sueños sino una que grabase los suyos propios, para después poder verlos atentamente en una pantalla, como en un cine o un televisor.
    Ya por aquel entonces, hacia el final de su infancia, a los nueve o diez años, era muy consciente de que esa máquina no existía y de que seguramente era imposible de construir, pero se deleitaba imaginando su realidad. Y tenía muy claro que si lograse tener esa fantástica máquina en su poder no haría más que dos cosas en esta vida. La primera, soñar, y la otra mirar sus sueños en esa pantalla durante horas y horas, olvidándose del mundo. No concebía entretenimiento ni ocupación más interesante ni más valiosa. Ninguna otra cosa le parecía ni siquiera comparable. Así que todo lo que haría sería eso: soñar y luego ver y revivir sus aventuras ante una pantalla. No saldría casi de casa ni tendría casi relación alguna con nadie. Tal era la fuerza con que le atraían el juego y la danza de esferas brillantes y multicolores del universo de sus sueños.
    Le pregunté por la causa de ese extraño deseo, y me respondió que la idea había surgido, probablemente, porque le costaba mucho soportar la sensación que tenía después de despertar. Una sensación decepcionante, como de exilio y de pérdida. Recordaba, por un lado, que en uno u otro sueño había sido inmensamente feliz, y el contraste con la prosaica y algunas veces amarga realidad del mundo cotidiano le dejaba abatido y sin ánimos. Y por otro, que en muchas ocasiones sabía con certeza que había encontrado en algunos de sus sueños tesoros inapreciables, que luego, en la vigilia, era incapaz de recuperar. No tesoros de oro y joyas, sino auténticos tesoros de vida, como fórmulas mágicas, caminos de cuento de hadas que llevaban a paraísos, a paisajes y ciudades en los que uno quería quedarse mucho tiempo, o incluso para siempre. Por eso pensaba que sería ideal tener esa máquina de sueños. Aparte de para revivir aquellas aventuras oníricas y volver a maravillarse con ellas, también para poder reencontrar esas fórmulas mágicas, esos caminos ocultos...
    Con el tiempo fue consiguiendo tal maestría en su modo de viajar, a lo que mucho más tarde llamaría El País del Sueño, que olvidó lo de la máquina. Ya no le era necesario imaginar ni desear tal artilugio porque podía elegir volver a determinados sueños sólo con su voluntad. La manera en que llegó a esa asombrosa pericia es un misterio, hasta para él mismo, pero supongo que era algo que estaba y está en su particular naturaleza de soñador nato. Al igual que en algunos hay una natural predisposición para la pintura o la música, él había nacido con una rara habilidad para soñar.
    Sobre ese punto, Alberto siempre ha preferido mostrarse más bien reservado. Pero no por hacerse el enigmático ni por ninguna otra presunción o arrogancia, ausentes en su carácter, sino porque se trata de algo tan personal y tan poco expresable en el lenguaje cotidiano, que considera que es mejor quedarse callado y correr un tupido velo sobre el asunto.

    Después de comentarme su recuerdo de la máquina, me preguntó directamente qué me parecía semejante idea. Si a mí también me gustaría disfrutar de ese increíble artefacto y poder luego observar mis sueños como en una película... En principio, no supe qué contestar y necesité más de un minuto para imaginarme en esa inusitada actividad. Aunque complicada y algo estrambótica, como de ciencia ficción, la idea me gustó. No todos los sueños, desde luego, porque en mi caso muchos son ciertamente olvidables, pero sí algunos sueños... Esos de los que uno se despierta con una intensa sensación de haber vivido, como difícilmente ocurre en la normal existencia de todos los días. Así que asentí y le dije que me gustaría tener esa experiencia, al menos alguna vez.
    En ese preciso momento sonó el timbre de su teléfono móvil. Debía ser una llamada de carácter privado, porque Alberto salió a la terraza para contestar. Me quedé solo en el salón, fumando tranquilamente mi cigarro y apurando lentamente la copa de vino. Dándole vueltas a esa idea de la máquina de sueños... A través de la ventana se veía la luna, en cuarto creciente y rodeada de pequeñas nubes que se encendían con su presencia. Estaba muy a gusto en mi sillón, la noche era serena y silenciosa y mi mejor amigo estaba ahí cerca, en la terraza. De modo que, pasados unos veinte minutos o media hora, me quedé adormilado y tuve un leve sueño...



    Soñé, o imaginé, que Alberto, con una rara sonrisa, después de oír mi respuesta a su pregunta sobre la máquina, se levantaba e iba hacia el sofá sobre el que había dejado su maleta. La abrió y sacó de ella un estuche de tela dura, como los que se usan para llevar los ordenadores portátiles. Lo puso en la mesa baja ante la que nos sentábamos, y al descorrer la cremallera me encontré frente a un extraño aparato...
  
    —Ahí la tienes —me dijo escuetamente.
    —¿Cómo? ¿Estás de broma? ¿Quieres decir que...?
    —Sí, aunque no la buscaba, porque no me hacía falta, la encontré. De una extraña manera, pero la encontré. Ésta es una máquina de los sueños como la que deseaba cuando era niño.
    —No me lo puedo creer, Alberto, es imposible. No existe una máquina así.
    —Eres libre de pensar lo que quieras, amigo. Lo único que puedo hacer es dejártela un tiempo para que la pruebes, y ya me contarás.

    Me quedé mirando fijamente al aparato. Una caja negra metálica de poca altura, sin adorno de ningún tipo, con los lados pintados de un azul oscuro brillante. Por supuesto, no daba crédito, pero viniendo del amigo Linde...
    Pensé vagamente en aquella película ("Brainstorm", creo que se llamaba) en la que había una máquina que registraba en una cinta las experiencias y visiones internas de quien la usaba. Y luego, conectándose a la máquina, otra persona podía ver y sentir esas mismas experiencias y visiones como si fueran propias. Ahora que había tantos avances tecnológicos, con ayuda de la mecánica cuántica, ¿habrían inventado por fin una máquina que grabase los sueños?  
    Y empecé, casi sin darme cuenta, a fantasear sobre su uso. La verdad es que sería muy grato poder ver algunos sueños, pensé. Sobre todo esos tan vívidos, los raros y los felices, que te dejan la sensación de querer regresar a ellos. Y además estaba el atractivo de esa peculiaridad onírica del cambio de perspectiva, por la que cambia el punto de vista y uno puede ver la escena desde sí mismo, como protagonista de la historia, y un segundo después desde fuera, como un espectador que, en una especie de desdoblamiento, se ve a sí como si fuera otro, pero sintiendo que es uno mismo... Imaginé que sería alucinante poder observar todo eso en una pantalla.
    Así que agradecí a Alberto el préstamo de la máquina, a pesar de mi lógica incredulidad, y me quedé con ella. Luego seguimos hablando un rato más del tema de los sueños y a continuación de otras cosas. Pero ya no pude evitar durante esa velada mirar de vez en cuando de reojo a la extraña máquina, ansiando el momento de estar a solas con ella en la intimidad de mi habitación.
    Al abrir la máquina me encontré, para mi decepción, con un moderno ordenador portátil de última generación. Con un diseño nuevo y muy estilizado pero básicamente lo mismo de siempre. Es decir, la típica pantalla y el típico teclado. Solté una carcajada (no exenta de un hilo de amargura) y me pregunté después, cuando ya había superado la sorpresa, el por qué de esa broma... Porque no es el amigo Linde muy amigo de bromas, y menos en lo referente al tema de los sueños. 
    Al día siguiente, inquirí a Alberto sobre el asunto. Y nos reímos a gusto mientras tomábamos el desayuno. Aunque yo lamentaba por dentro el haber sido tan ingenuo. Después, poniéndose serio, me dijo lo siguiente:

    —Amigo, la máquina de los sueños existe de verdad, no lo dudes. Pero está en ti. No es necesario ningún artefacto manufacturado para ver de nuevo aquellos sueños que te impresionaron en su momento. Es ciertamente posible rastrear esa huella , y no sólo volver a verlos sino volver a vivirlos...       

    Quedé de acuerdo, porque por lo que me había contado de sus experiencias era realmente como decía. Pero le reconocí asimismo que eso era algo para mí muy difícil de conseguir, casi imposible. Porque no todos tenemos su habilidad para soñar. Y entonces el amigo Alberto me prometió que me enseñaría algunos de sus secretos para viajar.
    Alberto Linde se fue esa misma tarde, de regreso a su lejana casa en las montañas. Pero se le olvidó llevarse ese estuche con la caja negra. En cuanto lo descubrí, pensé en llamarle para decírselo, pero..., bueno, me lo había prestado por un tiempo, así que no ví ninguna urgencia en ello. Y esa noche, antes de acostarme volví a abrir el maletín y puse sobre mi mesa ese moderno ordenador. Al encenderlo me pidió una contraseña de acceso, y no se me ocurrió otra cosa que escribir "máquina-de-los-sueños"... Y, extrañamente, funcionó. El sistema operativo se puso en marcha y en la pantalla salió un menú en el que se me pedía que tecleara una fecha o un nombre. Y supuse, fantaseando de nuevo, que se refería a mis sueños. Por supuesto que no pensé en ese momento que era imposible que respondiera adecuadamente, porque no había ningún registro de mis sueños en esa máquina, pero la lógica onírica suele pasar por alto ese tipo de detalles. Así que escribí en el teclado una fecha en concreto, una en que recordaba haber tenido un buen sueño. 
    Fue impresionante ver cómo tomaba forma en la pantalla la imagen de aquella casa, bajo una luz de atardecer, y la de alguien que en ese entonces la habitaba y que me miraba sonriente desde la puerta, invitándome a entrar... 
    


    El sonido de unos pasos me indicaron que Alberto volvía de la terraza, y me desperté de mi duermevela. Con el sueño bailando y brillando aún en mi mente. Y en seguida se lo conté, antes de que se difuminase. Había pasado casi una hora, y me sentía como si hubiera viajado a otro mundo, aunque creía no haberme dormido del todo... Nos reímos a gusto, como en mi sueño. Y exactamente como en mi sueño, me dijo que la máquina de los sueños existía, pero que estaba en el interior. Y añadió también esa promesa de mostrarme algunos secretos para viajar. Me dijo que puede que él tuviera ciertas habilidades desde niño, pero que todo se podía aprender. Sólo había que dejarse guiar, llevar un buen farol y andar el camino. 
    Y, bueno, esa fue la escena que recuerdo de hace unos meses con el amigo Alberto Linde. Ahora pienso que estaría muy bien tener una máquina del tiempo, pero creo que una máquina de los sueños estaría mucho mejor.  


Antonio H. Martín
(21 de marzo, 2016)


  


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