Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







lunes, 28 de mayo de 2012

El lector de nubes



No era de los más viejos de la aldea, ni de los más sabios, rondaba sólo los setenta, pero llevaba residiendo allí muchos años. Era un hombre aparentemente como otro cualquiera, aunque, eso sí, de carácter solitario y taciturno. No solía participar en las reuniones habituales, y casi siempre se le veía solo, paseando o sentado a la orilla del río, con las manos en los bolsillos de su gabán o leyendo algún viejo libro. Pero tenía cierta fama en el pueblo, por una extraña particularidad, y de vez en cuando ciertas gentes iban a pedir su consejo. Se le conocía como "el lector de nubes"...
Y no es porque supiera predecir el tiempo metereológico de esa manera. Eso lo hacían mucho mejor otros. Lo suyo era otra cosa. Él leía en las nubes cosas muy concretas, cosas personales, y por eso los aldeanos iban a consultarle. Leía en las nubes detalles, figuras del futuro, destinos... Y el caso es que solía acertar en sus vaticinios, porque durante años fue visitado y consultado, con resultados satisfactorios. De ahí su fama y el respeto que todos le profesaban.
Una vez, preguntado por un periodista de la ciudad, que fue a entrevistarle siguiendo el rastro de su fama, se limitó a contestar que desconocía el origen de su extraño talento. Pero que sí recordaba vagamente que él... había nacido en una nube...

Era inquirido sobre los más variopintos temas: problemas físicos, situaciones amorosas, desempleo... Y él, don Alberto, se limitaba a mirar a las nubes que hubiera en ese momento en el cielo, muy fíjamente, observando sus lentas evoluciones, y al cabo de pocos minutos daba la respuesta a su interlocutor. Respuesta que más tarde solía coincidir con la realidad. No era un adivino, ni un mago, pero poseía esa rara capacidad de saber leer en las nubes. Para él esas formas cambiantes estaban llenas de signos, de figuras, y sabía cómo interpretarlo. Era como si, una vez formulada la pregunta, las nubes se movieran para dar una respuesta. Y él sabía leer esa respuesta.

Una noche de luna, en el mes de noviembre, un vecino le encontró sentado en un banco del parque, mirando absorto hacia el cielo, a esas nubes encendidas, fulgurantes. Era ya muy tarde, y el vecino le preguntó que si no tenía frío y que si no debería retirarse ya a su casa. A lo que él contestó susurrando:
- Mi casa, sí, ya he encontrado por fin mi casa...

Nunca más se le volvió a ver.



Antonio H. Martín

(28 de mayo, 2012)


video




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vídeo: "My Father, My Friend"
autor: Bvdub & Criss Van Wey
música: inspirada por Harold Budd

viernes, 25 de mayo de 2012

Hacia el oeste...



Cuando las cosas se tuercen, las ilusiones pierden su brillo y los sueños se alejan, lo mejor es caminar hacia el oeste...


AHM.




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vídeo: "It's Too Late", por Bvdub

miércoles, 23 de mayo de 2012

Otra mirada al mundo...



Dos vídeos para detenerse en el estrecho balcón y mirar esta realidad que nos rodea y consume, pero con ojos distintos, abiertos y positivos, a pesar de las sombras. Para observar el mundo con otra mirada...





martes, 22 de mayo de 2012

En el pasillo...



"Así bajaba yo, pues, la escalera de mi sotabanco, estas penosas escaleras de la tierra extraña, estas escaleras burguesas, cepilladas y limpias, de una decentísima casa de alquiler para tres familias, junto a cuyo tejado tenía yo mi celda. No sé cómo es esto, pero yo, el lobo estepario sin hogar, el enemigo solitario del mundo de la pequeña burguesía, yo vivo siempre en verdaderas casas burguesas. Esto debe ser un viejo sentimentalismo por mi parte. No vivo en palacios ni en casas de proletarios, sino siempre exclusivamente en estos nidos de la pequeña burguesía, decentísimos, aburridísimos e impecablemente cuidados, donde huele a un poco de trementina y a un poco de jabón y donde uno se asusta, si alguna vez se da un golpazo al cerrar la puerta de la casa o si se entra con los zapatos sucios.

"Me gusta sin duda esta atmósfera desde los años de mi infancia, y mi secreta nostalgia hacia algo así como un hogar me lleva, sin esperanza, una y otra vez, por estos necios caminos. Así es, y me gusta también el contraste en el que está mi vida, mi vida solitaria, ajetreada y sin afectos, completamente desordenada, con este ambiente familiar y burgués. Me complace respirar en la escalera este olor de quietud, orden, limpieza, decencia y domesticidad, que a pesar de mi odio a la burguesía tiene siempre algo emotivo para mí, y me complace luego atravesar la puerta de mi cuarto, donde todo esto termina, donde entre los montones de libros me encuentro las colillas de los cigarros y las botellas de vino, donde todo es desorden, abandono e incuria, y donde todo, libros, manuscritos, ideas, está sellado e impregnado por la miseria del solitario, por la problemática de la naturaleza humana, por el vehemente afán de dotar de un nuevo sentido a la vida del hombre que ha perdido el que tenía."


Hermann Hesse

("El lobo estepario", 1927)


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Releyendo este pasaje de Hesse, con el que me identifico, pienso en algo que me ocurrió hace pocos meses... Unos amigos me llevaron hasta la cabaña de una profesora, amiga suya, que vive en un lugar aislado, entre montañas. Una cabaña de piedra, de porte antiguo, típica de estas tierras, pero con un interior acogedor y dotado de todas las comodidades. Para llegar allí hubo que dejar aparcado el vehículo y subir andando un largo trecho del camino, porque había nevado mucho recientemente y quedaba una resbaladiza capa de hielo.
Las vistas eran impresionantes, con praderas blancas salpicadas de robles y hayas, y en el horizonte unos majestuosos macizos de granito que dominaban el valle como gigantes. Y el aire, el más puro y limpio que he respirado nunca. Un aire que, no sé por qué, te hacía sonreír e incluso ver y pensar de forma diferente, de un modo más positivo. En definitiva, un aire que te hacía sentirte más alegre y fuerte.
Y bueno, ya en el interior de la cabaña, muy acogedor, ya digo, y amablemente atendidos por la profesora, mientras comíamos un sabroso aperitivo y bebíamos unos vasos de vino, uno de los amigos me dijo que allí, en un sitio como ese, yo estaría en mi hábitat ideal, porque era un lugar muy propicio para dar paseos tranquilos, contemplar el paisaje, pensar, y después escribir...
Entonces miré por la pequeña ventana, ví esas praderas inclinadas y los imponentes farallones, y sentí la punzada de una honda soledad.... No, yo no tenía la madera de un Zarathustra, ni era una especie de ermitaño ni nada parecido. Podría vivir en un sitio así unos días, quizá unas pocas semanas, pero no más. La sensación que me inspiraba ese lugar era de frío, pero no un frío provocado por el hielo, sino otro más interior.

Soy, efectivamente, un solitario, pero no tanto. Necesito salir de vez en cuando de mi guarida de lobo y encontrarme con otras personas, meterme en algún viejo mesón y tomarme un vaso de vino, conversar con alguien, sentir algo de calor humano.
Y en cuanto al tipo de vivienda, yo también prefiero las casas burguesas, con sus paredes bien pintadas y un bonito jardín, con sus interiores limpios y bien ordenados, o un apartamento en un edificio moderno, que esté bien cuidado, pulcro, en una zona tranquila, donde las voces sean educadas y no estridentes. Ese tipo de ambiente es en el que me siento a gusto. La gente que te rodea es "normal", grupos familiares con sus niños, con sus rutinas cotidianas, con su vulgaridad, con sus risas, con las cosas de siempre, pero dentro de un orden de tranquilidad y buena convivencia. Gente que no me molesta y a la que, por supuesto, intento no molestar. Gente, en fin, que no se mezcla conmigo, ni yo con ella, con la que siempre hay como una respetuosa distancia. Ellos son los normales y yo el extraño, pero cada uno está en su sitio, y no se mete en el del otro.
Aunque luego, dentro de mi guarida, todo sea algo distinto, con ese aire del solitario empedernido, y con ese caos tan personal, que no es sino un orden muy particular. Yo también procuro ser ordenado y limpio, aunque es inevitable la acumulación de colillas de cigarros en los ceniceros y el consiguiente olor, y el amontonamiento de libros sobre las mesas. Es muy bonita una librería con todos sus libros bien colocados, libres de polvo, casi brillantes, pero... me parece un desperdicio y una inutilidad. Y, sin embargo, reconozco que al entrar en una de esas casas burguesas, me gusta esa visión de la librería bien ordenada, como si fuera nueva, sin estrenar. Es como una tentación...

Me encanta el silencio, me es incluso necesario para vivir. Pero no el impersonal silencio de las montañas, con su rumor de viento, ese viento arrogante, frío y extraño que parece decirte: "¡Caminante, éste es el límite del mundo! ¡Regresa ahora, o ya nunca podrás volver a tu hogar!"... No, prefiero saber encontrar los huecos de silencio que una sociedad te permite, y que si es como debe ser, son suficientes. Hay momentos para hablar con los otros, momentos para sumergirse en las ondas de una buena música, y momentos para escuchar el silencio e intentar hallar ese sentido perdido, del que hablaba Hesse.
Sinceramente, no me veo yo viviendo en una cabaña de piedra en una montaña. Por mucho que allí, o en sus alrededores, se me pudiera aparecer el fantasma de Zarathustra... Prefiero mi tranquilo apartamento del valle, rodeado de gente burguesa, y donde sé que en cualquier momento puedo salir y conversar con alguien, tomarme un vino en compañía o simplemente pasear solo por el pueblo, mientras observo los cambios de luz en las hojas, en las nubes o en las viejas paredes de piedra. Aquí también puedo escribir, aunque sea, por supuesto, a mi manera.
Soy un lobo estepario, sí, pero a mi estepa la llevo dentro. Y con esa soledad me basta y me sobra. El sentido de la propia vida, la magia que en algún momento se perdió, se puede volver a encontrar en la cima de una montaña o en el pasillo de tu casa...


Antonio H. Martín

(22 de mayo, 2012)

domingo, 13 de mayo de 2012

El tono perdido...




¿Es posible recuperar el tono perdido, ese tono en el que nos sentíamos a gusto con nosotros mismos y con nuestra vida?
A veces, por azares del mundo, o por erráticas evoluciones de nuestra propia mente, ese tono amable y grato, tan personal, tan nuestro, desaparece de nuestra realidad y nos encontramos inmersos en tonalidades distintas, donde los colores y los sonidos han cambiado. De manera que ya no vemos lo que veíamos, ni sentimos ya aquello que sentíamos... Y hasta nuestra voz tiene un timbre diferente, raro, con el que no nos identificamos como antaño.
Supongo que es debido a algún tipo de desgaste interno, o a alguna consecuencia nefasta, relacionada con actividades que nos alejan de nosotros mismos. Ese tipo de actividades, aparentemente superficiales, de las que uno se deja llevar, sin darles importancia, pero que, subrepticiamente, te van encaminando por derroteros que uno no buscaba y que terminan situándote en un paisaje indeseable, inhóspito y, sobre todo, extraño.
Esto es lo peor de todo: la extrañeza. Es muy conocida esa sensación ocasional de mirarse en el espejo y no reconocerse, pero si esto se extiende más allá, en el espacio y el tiempo, y ya ni siquiera reconocemos ni nuestra voz ni nuestra mirada, en el transcurso de muchos días y noches, la cosa adquiere visos de gravedad. Paseamos por los mismos caminos de antes, vemos los mismos árboles, las mismas personas, el mismo río, los mismos animales amigos, la misma luna, pero sentimos como que hay un cambio de tono... Entre eso que vemos y nosotros no hay ya la misma relación, no se desarrolla el mismo diálogo, que a veces, incluso, nos parecía cercano a lo mágico.
¿Por qué sucede esto? Imagino que el fondo del asunto tiene que ver con un alejamiento de nuestro ser interno, de nuestro ser luminoso, como lo llamaba el amigo Castaneda.
Ocurre, no sabemos cómo, pero ocurre que en determinado momento de nuestra vida nos encontramos con que hemos perdido ese tono, esa brisa que sentíamos como una caricia, ese brillo en la mirada, esa luz diferente, íntima, que sentíamos como muy nuestra, que transformaba el mundo, y que nos salvaba de caer en miserias y vacíos que hasta entonces nos parecían totalmente ajenos a nuestra sensibilidad.
He aquí otra palabra clave: sensibilidad.
Eso es lo que creo que se pierde. Por circunstancias, que no sé precisar, uno pierde su sensibilidad. No es que se vuelva insensible, apático o indiferente, sino que cambia el tono de ésta, cambia el color, y donde antes destellaba un azul ahora hay un gris... Cambia la música, y el allegro se torna en algo más parecido a un adagio, a uno opaco y sin casi armonía...

No me parece que esto tenga que ver con el paso de los años, no se trata del fácil discurso de "me estoy haciendo viejo"... No. Se trata más bien de que algo hemos hecho mal, de que nos hemos -como he apuntado antes- alejado de nosotros mismos. Y la cuestión es: ¿podemos recuperar ese tono perdido? ¿Podemos volver a acercarnos...?
Sinceramente, creo que sí. Y no hablo con gratuidad, porque varias veces en el pasado he transitado por varias "bajadas" de tono, y he conseguido volver, con esfuerzo y al cabo de cierto tiempo, a lo que podríamos llamar mi centro, a mi camino. O sea, que ese regreso sí es posible. ¿Cómo?
Pues mi receta es muy sencilla, y ya la he mencionado aquí en más de una ocasión. Se trata simplemente de lograr detener el flujo de los pensamientos, ese "diálogo interno" que suele acompañarnos, incansable, a todas horas, machacándonos, y que nos sumerge en unas arenas movedizas que nos impiden el libre movimiento y anegan hasta nuestra visión. Sí, se trata de llegar a esa vieja y estimada laguna de silencio, que supone todo un baño de claridad y toda una limpieza mental. Porque allí es donde podemos reencontrar el sonido de nuestra voz, la auténtica, y el tono aquel que habíamos perdido.
Es un viaje posible, sin duda. Y esta misma noche, escribiendo estas líneas, siento que he rozado sus tranquilas aguas...



Antonio H. Martín

(13 de mayo, 2012)


Transformation / Music by Max Richter from Nate Grubbs on Vimeo.



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música: "On the Nature of Daylight" (Transformation), por Max Richter
vídeo: Nate Grubbs

jueves, 10 de mayo de 2012

Cada aliento... (II)



Hace un par de noches estuve buscando una entrada antigua, aquí, en este mismo cuaderno, y me sorprendí al hallar junto a ella una especie de poemita, que no recordaba, de hace casi dos años, y que está dedicado a la mujer que amo. En principio creí que era la traducción del tema musical que acompaña al texto, pero no, es un poemita mío.
Me asombró, por dos razones: la primera por constatar lo enamorado que ya estaba entonces, y la segunda por reconocer que ese poemita hoy, después de casi dos años, no ha perdido ni un ápice de su vigencia.
Y por eso lo vuelvo a poner, porque estos versos estaban perdidos en este blog, olvidados entre la masa de más de cuatro años de escritos publicados, y, sin embargo, lo podría haber escrito ayer mismo...
Porque, efectivamente, sigo sintiendo lo de entonces hacia la misma mujer, y me atrevo a decir que incluso con más peso y más fuerza. Es decir, que la sigo amando, nos seguimos amando. Y eso es, en verdad, lo mágico de este encuentro.
Así que hoy, como ayer, su aliento es mi aliento...
No he cambiado nada en los versos, sólo el tema musical es otro, porque el anterior ha sido borrado. Pero el nuevo, que ella misma me proporcionó, está muy bien, y acompaña a este poemita como una caricia.

Antonio H. Martín
(10 de Mayo, 2012)

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Cada aliento tuyo es mi aliento,
el aire de bruma
que alimenta mi boca,
un duende que juega
con mi sombra.


Cada risa...
un sol en medio de la noche,
una estrella que baila
con mi cuerpo perdido,
una sirena que canta.

Cada beso...
un zafiro que brilla,
de labio a labio,
y que me habla
del tesoro que guardas.

Cada mirada...
un puente entre el abismo,
un río de luna,
una calle sin fin
que cabalga los mundos,

y los une.

No quiero más en la vida
que rodear tu cintura
con mis brazos,
no quiero más que...
besarte.

El tiempo es una llanura
ancha y desconocida,
la vida un océano
donde a veces vuelan
los delfines.

Y tú eres mi luz,
mi mujer de luna,
la que pone la pimienta
y el destello
en el mar de los días.

Te amo.



Antonio HM.

(30 de Junio, 2010)


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música: "The Parting", por Michael Hoppé (1986)
intérprete: Vangelis



domingo, 6 de mayo de 2012

Esa música extraña...


Diario de un obstinado

(Sábado, 10 de Abril, 1993)


Decía Hölderlin, en las primeras páginas de su "Hiperión", que se arrepentía de haber estudiado en las escuelas, que la ciencia, de la que había esperado la confirmación de sus alegrías, la aserción de sus sueños, era la que le había estropeado todo...


"En vuestras escuelas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía, y me agosto al sol del mediodía."

A esto es lo que llamo el veneno de la realidad. Es ese lenguaje, ese código de signos, esa música extraña que domina el mundo... Forzosamente la escuchamos día tras día, sin poder evitarlo, porque nos rodea por todas partes. Cada ser humano con el que nos cruzamos en la calle es un agente, un miembro de la ingente secta, un portador del veneno. Y también cuando estamos solos, sí, incluso en soledad seguimos oyendo esa música extraña, esa canción de locos, porque, lamentablemente, sale también de nuestra propia boca.

No digo que los hombres sean conscientemente culpables de esta situación, pero sí lo son a nivel inconsciente. Simplemente, se han dejado llevar, han abandonado sus sueños, porque la realidad que iban descubriendo no se correspondía con ellos. Se han dejado envenenar.

Ya hemos hablado otras veces de la libertad. Sí, somos libres, pero la mayoría no usa esa libertad más que para elegir adaptarse. Por supuesto, es mucho más cómodo, mucho más fácil amoldarse a lo ya establecido y dejar de lado cualquier novedad, cualquier diferenciación, cualquier individuación. De hecho, es tan fuerte la llamada de la realidad que nuestra adaptación a ella no la consideramos como algo cómodo y fácil, sino simplemente como algo necesario. El problema está, según yo lo veo, en estimar esa realidad como real, en no reconocer el veneno.

Recuerdo que cuando era joven solía decirles a mis amigos, y a mí mismo, que una cosa era el mundo y otra muy distinta la vida, y que nunca debíamos confundirlas. Dicho así, se entiende muy poco, es una definición demasiado simple, sólo una expresión adolescente que no explica nada. Pero yo sabía muy bien lo que quería decir, y lo sigo sabiendo. Primero conoces la vida, tu conciencia está limpia, tu corazón es sensible, eres capaz de amar, capaz de relacionarte directamente con lo que te rodea y de unirte a ello. Hablas un lenguaje, que me atrevo a llamar mágico, y a través de ese lenguaje puedes comunicarte con las plantas, con los animales, con las nubes, con las estrellas... Reconoces al mundo que te rodea como algo maravilloso de lo que tú formas parte. Recordando las palabras de Hölderlin, te sientes dentro de la hermosura del mundo, estás dentro del jardín de la naturaleza. No eres razonable, pero tampoco un tonto que se cree inmerso en una especie de cuento de hadas. Lo que ves ante ti es una llanura inmensa, que ondea bajo el cielo de la noche, y que te llama...

Esa voz, que a veces continúo escuchando a través de la lejanía, es precisamente lo que me convierte en diferente. Me niego rotundamente a dejar de oírla. Ahora ya tengo casi treinta y seis años, he pasado y sigo pasando por las inevitables escuelas de la realidad, por los largos días extraños. Debería ser más razonable, debería haberme aprendido la lección a fondo. Me han enseñado muy bien qué es el mundo y qué soy yo. Me han dictado mil veces mis deberes, lo que tengo que hacer, que pensar, que sentir...

Pero lo siento, soy un obstinado. Y, como decía mi querido Hermann Hesse, el obstinado sólo obedece a una ley, a una sola, la que lleva dentro de sí, en su corazón, a su propio sentido, a esa voz que le llama desde la lejanía.

Ya sé que no soy un pensador. Ni siquiera sé escribir bien. A mi discurso le falta claridad, es torpe, desmañado, está lleno de saltos, no tiene coherencia. Ya, ya lo sé, pero esto no es un ensayo, ni pretendió serlo nunca, ni de lejos. Estas páginas componen sólo las hojas de un diario, un diario íntimo, escrito en soledad, escrito en silencio, con la noche como única presencia. Páginas escritas sólo para mí mismo, y quizá para algún amigo que llegue algún día a leerlas. Páginas que no tienen, seguramente, ni pies ni cabeza, pero que tienen, eso sí, corazón.

Escuchemos, para terminar, un antiguo poema del lejano oriente, que a mí me parece tan cercano, uno de los últimos que escribió Saigô, el errante:



"Puesto que pienso
que lo real
nunca es real,
¿cómo podría creer
que los sueños no son más que sueños?"
 
 
Antonio H. Martín
(Abril, 1993)
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imagen: "The Autumn Labyrinth", por Jacek Yerka

sábado, 5 de mayo de 2012

Vienen los 55...



El mes que viene cumplo 55 años. La verdad es que me parece increíble haber llegado hasta aquí... En mis fantasías de juventud, la imagen más habitual era la de un final temprano, que no llegara ni a los cuarenta... Pero aquí estoy, viviendo aún, y además una nueva vida, en un lugar nuevo, en un valle entre montañas. Es como un sueño hecho realidad.
Siempre se ha dicho aquello de "plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro", como la realización de una existencia, pero yo no he hecho nada de eso. Me he limitado a seguir la pauta del tiempo, adaptándome como mejor supe a las circunstancias del momento. Estuve casado durante más de treinta años con una buena mujer a la que quería, pero el tiempo demostró que no era mi compañera, por diferentes motivos, que no vienen al caso. Ese primer beso, bajo el sol de verano, me lo dijo claramente, pero uno era cabezota, terco como una mula, e insistió en prolongar lo que la vida, a la larga, mostró como imposible...
Bueno, ya hace más de un año que estamos separados. Vivo solo, como siempre quise, porque entronca con mi ser más íntimo, con esa imagen de lobo solitario que mi sombra me recuerda una y otra vez. Y la soledad es eso: el espejo que mejor te refleja. Hay de todo en este micro universo, bueno, malo y regular... Pero, es mi forma de saber vivir. Porque no sabría vivir de otra manera. Las compañías las celebro, y me alegran la existencia, pero sólo si son ocasionales. Soy solitario por naturaleza.

Me acompañan las nubes viajeras, los árboles y el río cuando paseo por el pueblo. Y las viejas casas de piedra, el aire, las luces cambiantes, los aromas de las flores y esos pequeños amigos de cuatro patas a los que adoro, perros y gatos a los que dispenso salchichas, y que se vuelven locos de contento cuando me ven. Animales inocentes, que suelen estar presos de cadenas, o encerrados, y que ven en mí a un ser humano diferente, que les presta atenciones a las que no están acostumbrados.
Y luego, ya en casa, están los libros, los benditos amigos que tantas pasiones encendieron en mí en el pasado. Esos objetos fieles, de papel y cartón, llenos de magia, que pueden acompañarte, hablarte, e incluso influir en tu vida de manera considerable... Y la música, la maravillosa música, que no sólo te acompaña, sino que a veces hasta te atraviesa...

Así que, visto lo visto, no puedo quejarme. Y si alguna vez lo hago será por alguna deformación de mi carácter... Por lo demás, no he plantado ningún árbol, porque no tengo jardín para hacerlo; no he tenido hijos, porque así lo decidí en su momento; y lo del libro... Bueno, he escrito muchos cuadernos personales, y este "cuaderno nocturno" virtual lleva funcionando desde hace ya casi cinco años. Y algunos lectores ha tenido, y tiene. Con críticas de todo tipo, pero generalmente positivas.
No es que uno quiera dejar huella, pero me apetecía hacerlo y así lo he hecho. Aparte de que esto de publicar mis reflexiones en internet, me ha reportado muchas buenas relaciones, incluidas ciertas buenísimas amistades, sobre todo una...

En fin, que eso, que vienen los cincuenta y cinco, y a uno le entran ganas de hacer balance. Y... sólo puedo decir lo siguiente: que el balance sale en positivo. Tengo la sensación de estar viviendo una vida "de regalo", porque nada de esto me esperaba. Bienvenida pues esta vida adiccional. Así es la vida, siempre: ¡sorprendente!

Termino con una cita de un libro de Eduardo Punset, que leí hace poco:

El oxígeno que respiramos, el calcio de nuestros huesos, el hierro de nuestra sangre y el carbono de nuestras células se forjaron hace miles de millones de años en el interior de las estrellas. Por eso para entender nuestro origen debemos entender primero el de las estrellas.

Me parece una cita preciosa, que me sitúa en el lugar adecuado. Somos, efectivamente, hijos de las estrellas. Intentemos pues vivir de acuerdo a ello, y quizá echemos algo de luz sobre este mundo oscuro...



Antonio H. Martín



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imagen 1: "Northern Lights" (Alaska), por M. Warren Fancy
imagen 2: "Northern Horizon" (Cantabria), por AHM
música: "Long Ago", por Michael Hoppé, Martin Tillman y Tim Weather