Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







martes, 12 de agosto de 2014

El silencio de las sirenas




    He encontrado hace poco un interesante relato corto de Kafka que desconocía. Se titula El silencio de las sirenas, y en él nos habla el maestro checo de una reflexiva interpretación de ese famoso episodio de la Odisea, cuando Ulises pasa con su barco cerca de la isla de las sirenas y previamente ordena a sus hombres que le aten al mástil, para así evitar el hechizo de esas ninfas marinas.
    En varias ocasiones he escrito aquí sobre el poder benéfico del silencio, sobre la necesidad de aquietar el habitual torbellino de la mente. No para dejar «la mente en blanco», como se suele decir desde la ignorancia, sino para desbrozarla de inútiles pensamientos y poder así conectar con fuentes más profundas de la vida. Pero Kafka nos habla en este texto breve y concentrado de otra forma de silencio, de un silencio que es incluso más peligroso que el seductor canto de las sirenas. Quizá porque en él pueden «escucharse» palabras mudas que atraen inevitablemente a los hombres, ofuscando su mente y condenándoles a esa prisión de placer que oculta un fondo de olvido y muerte...
    
    Por cierto, aparte de lo anterior, me pregunto que si en realidad las sirenas no eran como las suelen representar, impropiamente, los artistas, con torso de mujer y la parte inferior de pez, sino con busto de mujer y cuerpo de ave, ¿por qué no volaban éstas desde su isla para conquistar desde mucho más cerca a los marineros que por allí se aventuraban? ¿Es que quizá no podían volar, como las harpías? ¿O es que el citado hechizo pasaba indefectiblemente por escuchar ese canto especial que seducía y atrapaba con su dulzura al incauto? Se me ocurre que tal vez lo que atraía principalmente no era su sensual belleza (dudosa, por otra parte, dado su aspecto), sino algo que se ocultaba en sus cantos, algo que tocaba cierta fibra de los hombres, encantándoles y esclavizándoles... Me parece que tengo que estudiar más a fondo las mitologías.  


A. H. Martín 
(12 de agosto, 2014)


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El silencio de las sirenas



    Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

    Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

    Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

    En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

    Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

    Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

    Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

    La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.


Franz Kafka 
(1917)



4 comentarios:

  1. Intrigante.

    Me digo: lo más pertinente sería no comentar nada... sólo el silencio. Pero entonces, ¿cómo sabrían tú y Kafka que leí esta entrada?

    Saludos silenciosos...

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  2. Intrigante, ¿verdad?
    Seguro que en ese silencio suenan muchas cosas poderosas... Yo me conformo con saber que lo has leído, amiga Liz. Al maestro Kafka se lo diré un día de estos, cuando le vea en cualquier parque de Praga.

    Saludos, Liz (desde el Árbol Azul).

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  3. Si algo tengo claro es que en internet, si reina el silencio, no se es nada...

    Un abrazo, amigo

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  4. Así es, Antiqva: Internet es una gran cueva llena de ecos. Si te callas, nadie te va a oír, jeje. Pero nosotros aún tenemos cosas que decir. Por eso seguimos aquí.

    Un abrazo, artista viajero.

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